Sobre el caminar del superhombre

 Sobre el caminar del superhombre

Mis pasos bien dados, los de siempre, los que siempre me llevaron y trajeron a la casa; los que recuerdo bien al cerrar los ojos, moviéndome a buen ritmo por las ciudades, siempre “adelante, adelante, adelante”, como diría el poeta Porfirio Barba Jacob.
Y es que aprender a caminar es un arte, uno de ritmo y paso, de fuerza y equilibrio, de técnica y constancia. Fernando González dice que “se aprende a caminar caminando”, que se debe caminar como si se pagara una penitencia que se salda con la llegada. Thich Nhat Hanh, dice que “se debe caminar como si besáramos la tierra con los pies”, que se debe tomar la postura de un emperador al cruzar las presencias; con toda seguridad, con toda firmeza. Imaginar que a cada paso nace una flor de loto como propone Buda, y luego dice que debemos respirar y ser conscientes del momento.
Yo antes corría y caminaba en todos los ritmos; también saltaba y bailaba; pero un daño en la médula cervical rompió la comunicación de mi mente con mis piernas, ahora pende mi cuerpo de unos hilos; soy mi propia marioneta. Pero en cinco años, muy lentamente, he experimentado de la ergonomía la evolución del ser humano, parodiando la posición del chimpancé hasta llegar al superhombre nombrado hace más de 100 años por súper Nietzsche. Primero, somos feto en la sangre acurrucados donde mejor se caiga; luego somos estirados y remendados por la ciencia para aprender a gatear en la caída, ahora gateo en la vía láctea y es mi espalda comprimida en su interior, la sensación de una postura en rigidez, y así, me he ido poniendo en pie, con la espalda encorvada y la cabeza agachada, mirando lo necesario para no caer de nuevo, para saber que hay un horizonte luminoso, accidentado, liso, rocoso, huecos creados por los años erosionados del planeta, allí las pequeñas basuras, el brillo de los vidrios y algunas monedas entre charcos y que no puedo recogerlas con mi submarina mano, y es mejor pensar que el dinero fácil siempre es una trampa.
Camino al futuro con mis cuatro patas, como mi perro Boris, pues llevo dos bastones de brazo que sostienen la espalda; resulta que el hombre del futuro iba herido, averiado su cuerpo, era el superhombre de Nietzsche caído en su empeño, y así avanzaba muy lento, caminando a un futuro incierto, sabiendo que tenía menos posibilidades contra otros superhombres, pero iba sanando su mente, llegando a su modo. ¿Cómo era posible que este hombre después de ser misteriosamente resucitado ahora cuestionara la postura de Dios? Pero ese Dios, sí existe, está ahí, y Nietzsche no lo puede negar, así como en Schopenhauer no se puede negar la existencia del amor. Dios está caminando por los pasillos de los hospitales, con su túnica blanca y azul parecido a Jesús o Zaratustra y sabe muy bien lo que hace, pero, Dios no son ellos, Dios está en la boca de todos los pacientes que están salivando y sobreviviendo, está en la mano que se levanta dando señales, y en el cerebro que da del cuerpo. Dios entra en las mañanas con su luz a través de las ventanas y se posa entre los vasos de agua. Yo no sé, cualquiera puede decir que Dios no existe, pero yo lo veo ahí, ahí está, más ciego es el que pretenda serlo. Y ya de alta la sombra del superhombre sale al mundo, no a sufrirlo, sino a contemplarlo, a deleitarse en sus mieles con lo que le queda de vitalidad en su parte natural; los bosques, las selvas, todas las plantas y sus habitantes animales; disfrutar de las comidas, las frutas y de la sabrosa carne pero no sin su debido permiso, y no desperdiciar en el cuerpo la mirada directa de una mujer.
El renaciente hombre que no sabemos si llegue a ser “súper” debe sanar el alma de todo el mal que haya podido hacer, porque resulta que el “superhombre”, que ahora parece un niño ingenuo deslumbrándose con el mundo, encontraba la esencia de lo que fue y de lo que es pertenecer de nuevo a la vida: “esta cosa extraña que te hace hablar, un montón de huesos que todo el mundo tiene.”, lo decía con experiencia mi médica particular, Libertad, que ha sido un encuentro fortuito en la salud de mi vida.
Entonces yo hablaba del amor, hablaba de Dios, hablaba de toda su existencia, hablaba de la evolución del superhombre de Nietzsche, hablaba de como todo es caminar erguido como un emperador de piedras, hablaba del dios de los hospitales; que todo en realidad parece un sueño hasta que se despierta, inmensamente ilusionado en ese misterio del caminar para llevar la palabra y el amor que puede dejar a su paso, en esa búsqueda del inmenso misterio de si Dios levita, camina, o nada, más eso nunca lo sabremos porque él siempre va un paso delante de nosotros.


Diego Al. Gómez






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